viernes, 20 de enero de 2017

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Introducción

Dicen que el cine es el "séptimo arte"... A estas alturas, con lo que llevamos visto desde que apareció el Impresionismo... Si se nos ocurriera preguntar a un grupo de jóvenes actuales si recuerdan cuándo fue la última vez que se les erizó el cabello viendo "algo"; si les preguntando cuándo fue la última vez que se emocionaron viendo o contemplando "algo" ajeno a sus propias vidas; cuándo se les dilató el espíritu, cuándo experimentaron goce o disfrute no condicionado por sus intereses personales... ¿Quién se acordaría de una visita al museo del Prado? ¿Quién recordaría un paseo por la catedral de Burgos? Pero... ¿cuántos recordarían alguna película...? Tú mismo, estimado lector, ¿recuerdas cuándo te emocionaste desinteresadamente con "algo"?
Por desgracia, con el cine sucede lo mismo que con la pintura, y el gusto mayoritario no garantiza nada, del mismo modo que una chabola y una catedral góticas, en sentido estricto, han de ser consideradas "obras arquitectónicas", existen películas chabola —la mayoría—, pero también existen películas catedrales... pero por desgracia, hablando de cine, las cosas son mucho más complejas que tratando de arquitectura.
Si, con criterio de cierta altura estética, hiciéramos un repertorio de "películas interesantes" —por evitar hablar de películas "buenas"—,  seguramente serían pocas las que encontraríamos en las listas de mayor reconocimiento crítico, que suelen recoger los ensayos de gran difusión entre los aficionados. Es más, esas listas de gran reconocimiento crítico, por lo general, se inclinan hacia la época llamada "clásica", para reforzar los mitos más añejos consagrados por la industria norteamericana y se olvidan del cine más reciente, que por razones de estricto sentido común, es incomparablemente superior. No hay más que observar como se ha depurado el lenguaje cinematográfico durante los últimos 50 años para comprender a qué me refiero.
Así, por ejemplo, todo el mundo habla de Casablanca (Curtiz, 1942) y casi nadie conoce El conformista (Bertolucci, 1971), cuando la una es una "película" de propaganda política envuelta en "papel couché" y la otra es un monumento narrativo, que renueva las fórmulas del montaje consagradas por Eisenstein, incluso, aunque contenga elementos políticos. El inmenso poder de la industria norteamericana, que se impone en los canales de distribución, también es efectivo en las valoraciones críticas de mayor eco social, que contaminan nuestro juicio por obra y gracia de los valores de "aceptación general".

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